Woodstock ’69

Franca 18/08/2009 1

Luego de varios días distanciado de la escritura, me dispuse a preparar un gran artículo a propósito del 40 aniversario del festival de Woodstock, pero vi que la idea no fue para nada original: dicho evento fue tema en la mayoría de medios gráficos y audiovisuales de este último fin de semana y desde Fernando Bravo hasta Eduardo Feinman las menciones y los recuerdos se repitieron hasta el hartazgo.

De todas formas soy un tipo caprichoso, no me doy por vencido fácilmente, y tengo una gran capacidad para ver cómo los periodistas estafan a la gente. Pude apreciar, por ejemplo, como las sucesivas notas sobre el evento tuvieron dos principales fuentes de información:

1)      La película documental de Michael Wadleigh.

2)      La nota de tapa del Clarín espectáculos del sábado pasado.

Para analizar esto más profundamente hay que tener en cuenta que la fuente de información Nro. 2 tuvo a su vez otras dos fuentes

1)      La película documental de Michael Wadleigh

2)      Wikipedia

De todas formas, más allá de la tendencia que esto está marcando, no es mi intención criticar la falta de conocimiento o de profundidad características de la cobertura de los medios, o hacer notar que los periodistas no saben nada (no, no saben). El aniversario de Woodstock no es algo sumamente trascendente, es solo una nota color, pero aún así me interesa demostrar que más que información los periodistas carecen de compromiso.

No leí ni escuché a nadie que haya demostrado entender el fenómeno, todos se contentaron con realizar un artículo olvidable ilustrado con un par de temas de la banda de sonido del documental.

Nosotros en GrupoMuu tenemos otra forma de hacer las cosas, y para demostrarlo no nos contentamos con copiar y pegar el texto de la Encarta 97, sino que rescatamos de nuestro archivo la cobertura original que realizamos el 15, 16 y 17 de agosto de 1969 en el lugar de los hechos.

archivos

Bethel County, New York

15 de Agosto de 1969

Llegué a lo que prometía ser el encuentro musical más importante del año en los Estados Unidos, el Festival de Woodstock, magistral encuentro de los mayores exponentes de la música contemporánea. O por lo menos eso es lo que me habían prometido en la oficina, pues apenas pasé por el cruce de la interestatal y la 45 y vi los primeros anuncios me enteré que ni los Beatles, ni los Stones, ni Bob Dylan iban a aparecer en el escenario, la sensación de que esto era una estafa ya comenzaba a esbozarse en mi mente.

Pagué mi entrada unos 24 dólares y a los pocos minutos comenzaron a dejar entrar gratis a todo el público, el clima oscilaba entre el calor insoportable y el diluvio épico, la impuntualidad fue tal que grupos anunciados a las 9 de la noche tocaban a las 7 de la mañana, el desastre fue total. Y lo peor de todo: había hippies, por todos lados, tal era la cantidad que estoy seguro que si todos se hubieran enlistado como corresponde, en dos meses estaríamos pateando el trasero de Charlie y expulsando a los malditos comunistas de Vietnam. Pero no, esas es la juventud que tenemos prefieren cantar, bailar, revolcarse en el barro como malditos cerdos. Tildan de optimismo su estupidez ilimitada, gritan a coro para que pare de llover y lo único que consiguen es que llueva más fuerte. Malditos hippies.

Las rutas colapsaron, la comida empezó a escasear hacia finales del primer día y me vi obligado a alimentarme a base de unas cerezas que logré robarle  a un hombre de barba y prominente estómago, que pasó la tarde durmiendo desnudo al sol dando forma a una de las postales más decadentes que el ojo humano pueda apreciar.

Insolado y con principio de disentería me vi obligado a refugiarme en el pueblo luego de la primer jornada. Como no podía ser de otra forma, los pobres vecinos estaban absolutamente escandalizados por los batallones de jóvenes ignorantes que no dejaban de acosar su tranquilo modo de vida. El aluvión de las masas indecentes e impudorosas no pudo dejar de percibirse como el fin de la vida civilizada conocida. Los llantos horrorizados de los pequeños hijos de la clase media norteamericana frente al horror de la multitud descontrolada son el más claro indicio de cómo la gente común recibió este descenso en la escala evolutiva

Regresé al campo donde el segundo día de festival tomaba forma para encontrarme sobrepasado por montañas y montañas de mugre e inmundicia. El miedo por la falta de condiciones de vida apropiadas se vio rápidamente opacado por el horror frente a la población extranjera en los escenarios. El mestizaje de la música ya fue completamente intolerante para este representante del buen espíritu republicano. Decidí telefonear urgentemente a la redacción para que enviaran un remplazo y retirarme definitivamente del predio.

Bethel County, New York

16 de Agosto de 1969

Me encontraba recostado en el humilde catre que una bondadosa familia me había ofrecido cuando Jimmy, el menor de los hermanos, me despertó para avisar que tenía una llamada urgente de la redacción. Los rastros de los litros de cerveza que disfruté el día anterior en el campo todavía paseaban por mis piernas, lo que me obligó a aceptar la ayuda del pequeño James para llegar al teléfono. Me comunicaron que el colega al que asignaron para la cobertura del festival había dado un paso al costado y que ahora era tarea mía concluir la tarea de plasmar la experiencia de Woodstock en papel.

Acepté de buen grado y en seguida le pedí al niño que vuelva a mi cuarto para alcanzarme mi ropa interior y despertar a Mary Ann, Isabella y la otra chica pelirroja, cuyo nombre no recuerdo.

Llegamos a los límites de la granja de Max Yasgur, que funcionó como hogar del medio millón de personas que asistieron al encuentro musical más importante de la década, para encontrarnos con la fotografía más fantástica que el ojo humano haya podido percibir: un paraíso de hermandad, música y libertad que tomó forma gracias al espíritu y buena voluntad de todos los presentes, público y artistas.

El fenómeno es tan fantástico como extraño: la diversidad de la música y la estética es demasiado fuerte, pero converge en un único tipo de energía. La fuerza colectiva se nutre de todas las tendencias diferentes y las canaliza en un solo movimiento de amor revolucionario. El sentimiento es común: todos sabemos que tenemos el poder de cambiar las cosas, somos una increíble gran familia que logró ayer que pare de llover con solo gritar “basta de lluvia”, hoy podremos lograr cosas aún más grandes.

Caminamos por los pasillos de la multitud y llegamos frente al escenario donde se erigen los más grandes artistas que una época puede haber generado. El altar que ayer albergó entre otros a Isaac Hayes, Joan Baez y Ravi Shankar hoy se nutre de una electricidad que alimenta las guitarras de Carlos Santana o Jerry García, y promete explotar cuando aparezcan los británicos The Who.

Se respira un aire de bendita rebeldía, de conciencia colectiva, de oposición a la sociedad estructurada. La gente comparte el abrigo, la comida, el ácido. Me animo a probar un cartón y mis sentidos explotan, ahora veo claramente que es mi responsabilidad ir en busca del arcoiris.

Bethel County, New York

17 de Agosto de 1969

Habiendo recibido la renuncia telefónica del primer redactor que envié a cubrir el festival (bajo el argumento de que pensaba dirigirse al sur para asociarse a un klan de gente con la que se sentía más cómodo e identificado) y desconfiando de la objetividad (y la sobriedad) del segundo muchacho que puse a cargo de la tarea me dispuse a empacar rápidamente e intentar obtener una cobertura coherente del último día del encuentro musical más importante del siglo.

Llegué al condado de Bethel el 17 de agosto por la mañana y la inmensidad de la masa me sobrepasó. Los números programados para la noche anterior se prolongaron hasta las ocho del domingo y el medio millón de personas que apenas había dormido parecía impaciente para que el escenario se vuelva a poblar. Me tocó presenciar en el 67 un line-up similar en el Monterey Pop de California, pero el fenómeno social que uno aprecia con solo acercarse al predio de Woodstock parece no tener comparación. Joe Cocker comenzó a cantar standards de folk y rock en tono de soul británico y luego de una fantástica versión de Lennon y McCartney dio bienvenida a unas cuatro horas de lluvia torrencial. El ánimo del público permanecía indemne.

Procedí a caminar bajo la lluvia y explorar un poco el terreno cuando encontré a mi empleado durmiendo desnudo en el barro, abrazado a un enorme hombre de barba que se encontraba recostado junto a un cesto de cerezas. Mis intentos de despertarlo fueron infructuosos así que procedía dejar cariñosamente el telegrama de despido atado a su pié izquierdo.

El concierto se reanudó pasadas las 6 de la tarde y se fueron sucediendo la psicodelia de la mano de Country Joe & The Fish, el blues británico de Alvin Lee y Ten Years After y el fock rock de The Band. El furor de la aparición de la banda canadiense de Levon Helm y Robbie Robertson fue tal que perdí el conocimiento luego de ser arrollado por la avalancha de gente que corría hacia el escenario.

Bethel County, New York

18 de Agosto de 1969

Me desperté cuando escuche a Crosby, Stills y Nash concluir lo que pareció ser un set acústico. El frío era verdaderamente insoportable, pero aún peor el darme cuenta que me había perdido a gran parte de los músicos que estaban anunciados. Escuchando como los músicos llamaban a Neil Young como invitado intenté reponerme lo antes posible. Me quité de encima a un extraño hombre desnudo que, aparentemente desmayado, no dejaba de abrazarme, tomé mi canasta y corrí en dirección a la banda.

Aparentemente la sensación de confraternidad que se vivió los primeros días del fin de semana estaba desvaneciéndose llegado el lunes. Los compañeros parecían incomodarse ante mi presencia, y aún convidando cerezas recibí mayormente caras de asco. El sentimiento de exclusión me hizo extrañar un poco al adicto junto al que desperté, pero aún así decidí ignorar las miradas discriminatorias y me paré frente a las tablas durante las últimas horas de magia. Hendrix apareció cerca de las 9 de la mañana frente a un público escaso. Muchos habían ya regresado a su mundo pequeño-burgués pero los pocos que permanecimos expectantes entre restos de sandias sobre el barro mugriento fuimos bendecidos.

Terminado el fenómeno, volví hacia mi moto para volver a colocarme mis pantalones comencé a andar por la carretera feliz de haber permanecido aunque sea unas horas despierto en el encuentro musical más importante de la historia.

One Comment »

  1. Alejo VIII 19/08/2009 at 01:13 -

    Groooso, notas en 4 dimensiones.
    Peace.

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