“William Miller: So Russell… what do you love about music?
Russell Hammond: To begin with, everything”
Almost Famous
Siempre fui de guardar las entradas de los shows. Me gusta tenerlas de recuerdo, y creo que no debo ser el único.Mi primer recital fue uno de Attaque 77 en un lugar que no se si sigue existiendo que se llamaba Hangar. Quedaba por Liniers. Me acuerdo que la entrada (el ticket) era roja con una foto de la banda y alguna leyenda específica del show. Esa entrada era no solo el boleto de acceso al recital en cuestión, sino que a la vez luego del mismo se convertiría en el mejor souvenir para atesorar el recuerdo de ese día. Y así con cada uno de los recitales.
Las entradas sin arte, aquellas ariscas, que solo contenían la mención de la banda lugar y horario, con una función totalmente asimilable a un código de barras quedaban reservadas para aquellos eventos importantes que venían desde afuera. Si venían los Peppers, poco importaba que la entrada no tenga onda. Al fin y al cabo, si la guardabas ¿cuantas entradas de los Peppers podías tener?. Ese papel impreso en formato industrial y en apariencia apático, conservaba su valor sentimental por resultar poco frecuente la banda descripta en él porque era de esas que podías ver una vez en tu vida.
Con el correr de los años se reflotó la costumbre de realizar Festivales (sponsoreados sobre todo). Costumbre que en lo personal celebro porque el concepto que hace a su esencia me parece muy interesante. Ir a pasar un día a pura música con un montón de bandas, escenarios, puntualidad e instalaciones atractivas sin dudas es una gran propuesta, y una gran opción.
Pero un día pasó lo que todos sabemos, y la maquinaria “sponsoril” (casi como si lo estuviese esperando) aprovechó para pegar el zarpazo, y le cortó los sentidos al rock imponiendo un nuevo orden. SU orden.
El sponsor ya no auspicia al artista, ya no es el cartelito publicitario en un costado que antes podías ver en algunos shows. Es como si hubiese secuestrado al Rock y liberara al artista que querés ver las 2 horas del recital , y luego a la jaula de nuevo. Esa es la sensanción que me genera el nuevo estado de las cosas. Es más, diría que lo recién mencionado en un tono metafórico ya no es tal, y se ha convertido en una literalidad: basta con ver lo que está pasando con Charly García.
El “templo del rock” se convirtió en el “Estadio Pepsi Music”.
Hoy parece utópico agarrar el diario y llegar a un show aleatorio para descubrir bandas nuevas que te lleguen. Todo se reduce a 4 o 5 lugares manejados por los nuevos dueños de tu ocio que inevitablemente someten a un filtro culturalmente cuanto menos cuestionable a aquellos que logran llegar a ocupar sus escenarios. Hace mucho que no me encuentro con alguna banda “nueva” en un recital, que no sea totalmente compatible con un soundtrack digno de Palermo Soho.
El Under es para el Rock Sponsorizado, el cementerio indio sobre el cual se construyen las casas de las películas de terror estadounidenses. El fantasma de su sangre joven se encuentra en Internet. Cuesta encontrarlo por azar en carne y hueso en un escenario, pero si buscas en la red, seguramente sentirás su señal vibratoria en mp3 con una encubierta esperanza de resurreción.
El Sponsor, no conforme con todo esto, transformó el concepto de opción del Festival, en imposición. Si queres ir a ver una banda extranjera (a menos que sea alguna de las 5 bandas más convocantes del mundo) estás obligado a ir al Festival de la marca de turno. Escupe en el proceso sobre un concepto tan noble como el de Festival. Un evento de estas características debería ser organizado para que quien acuda vaya a pasar un día de real esparcimiento. Ver alguna banda predilecta, pero en general a disfrutar de la propuesta y toparse con algunas cosas que de otra formar tal vez no se acercaría.
Lejos de ello, y en este desvirtue impuesto, te obligan a que vayas a un “fest” para observar a una banda que de otra forma ya no te dejan ver, con grillas armadas con los mas amarrete de los criterios, alejándose de todo interés por el espectador haciendo que éste deba “sufrir” toda una fecha de un festival para poder disfrutar 50 minutos de aquello que desea ver.
Así armado, así propuesto, en medio de toda esta histeria, es imposible que el grueso de la gente pueda disfrutar de todo el evento en la medida que hace a la real esencia del concepto de festival.
El Gran Hermano del Rock revuelve el puñal de la mutilación del género echándole sal a la herida. En este caso la Sal se llama Ticketek. Mas allá del desdeñable invento del “costo de servicio” (por el cual incrementan el costo de tu entrada por un concepto que nadie sabe bien cual es), lo que me parece más grave de su deplorable práctica es que han matado el concepto del arte de entrada. Luce igual una entrada para ver a Attaque 77, Kiss, Cerati, Die Toten Hosen o quien fuere. Se acabó el concepto de la entrada como souvenir, como forma de darle una subyacente identidad y autosuficiencia desde lo sentimental al recital. Se acabó la idea de que el show es especial y memorable. Y lo que queda con esto es un lastimoso mensaje que solo sirve para alimentar a la maquinaria sponsoril: en esa apatía no hay distinción entre los recitales, y mucho menos son perdurables en el recuerdo; solo importa el show que vendrá. Hay que salir del recital y comprar ya la entrada para el evento próximo.
Pero el rock, que morirá solo el día que se extinga la humanidad, tiene un corazón imbatible. Aún cuando todas las entradas sean iguales, el vínculo que te une a vos con lo que en realidad sentís escuchar y vivir es único, no puede se borrado por ninguna lobotomía comercial. Citando a Saint Exupery, lo esencial es invisible a los ojos. Es por eso que el Sponsor no puede matar el Rock. La vibración de escuchar a tu banda favorita no puede ser alterada por ninguna imagen fluorescente. Y vos a tu banda favorita no la ves solo cuando vas a un recital. Pueden hacer subir el precio de las entradas tan alto que hasta te dejen afuera de los shows por una imposibilidad económica. Pero siempre vas a tener los discos para escuchar. Y al escuchar VES con mayúscula. En el Rock ver significa sentir, no es sinónimo de imagen, sino de latido. Ver es escuchar. Una lógica particular para un género que podrá ser tomado de rehén, pero jamás podrá ser aniquilado en su esencia por ningún manual de estilo de marketing. Esto, justamente gracias a esa especial lógica.
Ellos piensan que comprando la melodía se adueñan de todo. Pero en realidad la melodía se complementa con su efecto, y ese efecto no se compra con dinero. Entonces, si al Rock lo pueden manipular, pero no lo pueden matar, siempre vivirá. Y mientras las cosas viven, todavía tienen retorno.














