
Uno de los debates que se impusieron esta semana, aparte de por qué las Pelotas tienen que ser teloneros de AC/DC y de quién tiene más plata: Tinelli O FelFort, fue el del matrimonio gay. Medio país celebró país que se impidiera el casorio del martes y la otra mitad puso el grito en el aire. Macri enarboló la bandera queer y la Lubertino salió a pegarle, los abogados que apelaron el fallo pertenecen a una asociación de profesionales católicos, pero dicen que esto no tiene nada que ver con la iglesia, la Ciudad de Buenos Aires sale a debatir con el Estado Nacional las fronteras del código civil, y yo estuve sentado mirando y teniendo la impresión de ver un capítulo de Cha Cha Cha.
El tema se quemó en dos días. No creo que haya nada nuevo por decir. Las opiniones tanto a favor como en contra se agotaron. Y yo sigo teniendo un gusto agridulce en la boca porque como de costumbre, al final no pasó nada. Continuamos discutiendo entre nosotros y no nos damos cuenta del problema principal: este país atrasa.
Atrasa porque cuando deberíamos estar debatiendo que rumbo tomar frente a la crisis institucional que ni siquiera aceptamos que estamos viviendo, seguimos discutiendo problemas que deberían haberse resuelto hace décadas. Nos peleamos por lo bien o lo mal que nos hace este gobierno, elogiamos o criticamos el “modelo”, envidiamos o nos vanagloriamos frente a países limítrofes, pero seguimos si resolver cuestiones que hacen a los derechos que debería tener tal o cual argentino.
El debate por el matrimonio entre homosexuales es un síntoma de por qué “este país no va a ningún lado”: no podemos construir una sociedad pensando en el futuro cuando hay temas de base que no están resueltos. Y lo digo, por ahora, sin tomar posición (la tomaré unas oraciones más adelante): es imposible seguir adelante sin antes resolver este tipo de cosas, repartiendo cartas sin saber cómo juega el comodín. Detengámonos y decidamos si queremos que se respete el Código Civil tal y como está escrito o si queremos que todos los hombres tengan los mismos derechos, porque sino es al pedo que sigamos debatiendo otras cosas.
Ahora bien, vamos a los sopapos: creo que pese a que se quiera ocultar, hubo un profundo interés religioso para impedir el matrimonio del pasado martes. La victoria de la nulidad se ganó en nombre de la defensa del sistema jurídico, adjudicando que la jueza Gabriela Seijas no tenía competencia para autorizar el matrimonio. Explícitamente se intentó desvincular a la iglesia en el debate, y negar que se trataba de una cuestión de discriminación. Todo fue en pos de la defensa de la Constitución.
Eduardo Sambrizzi, vicepresidente de la Corporación de Abogados Católicos (corporación que tiene como miembros a Francisco Roggero y Joaquín Otaegui, quienes estuvieron al frente del reclamo) publicó lo siguiente:
“Estoy de acuerdo con la suspensión del matrimonio entre dos hombres, ya que el Código Civil establece que el matrimonio debe ser celebrado entre un hombre y una mujer, lo que, por otra parte, resulta del orden natural. Esto no es una cuestión de carácter religioso, como pareció entender el jefe de Gobierno Mauricio Macri, puesto que se trata del matrimonio civil. El fallo que permitía el casamiento entre dos hombres fue dictado por una jueza incompetente para resolver ese tipo de cuestiones, que en la ciudad de Buenos Aires deben ser resueltas por el fuero Nacional en lo Civil. La unión de dos personas del mismo sexo no constituye un matrimonio, y aun cuando se entendiera que ello es una discriminación, la misma no sería arbitraria o injusta, como tampoco lo es la prohibición del matrimonio entre hermanos, o entre un padre o una madre y un hijo. Nada impide a los homosexuales casarse, pero siempre que sea con otra persona del sexo opuesto, lo que también comprende a los heterosexuales”
Paso por alto el delirio de la última oración para analizar cómo la estrategia discursiva me parece ingenua, la explico con otro ejemplo: camino por las calles de Capital Federal y las veo plagadas de carteles amarillos explicitando cómo Macri está “Haciendo Buenos Aires”. La mayoría de colegios, ministerios y secretarías tienen el suyo, las plazas y los subtes también. Yo pienso ¿no hay nadie en el Gobierno de la Ciudad que tenga dos dedos de frente como para darse cuenta que es demasiado obvio que están invirtiendo más en carteles que en obras públicas? El solo hecho de ver cuánto esfuerzo están poniendo en comunicar las cosas que están “haciendo” me hace pensar que en realidad no esta “haciendo” una mierda. Si de verdad arreglaran algo, ni tendrían que calentarse en difundirlo alevosamente, la gente no es boluda.
Acá pasa lo mismo, a mi criterio el hacer tan explícito que “esta no es una cuestión de carácter religioso” me parece un ingenuo intento por ocultar lo inocultable. En todas las entrevistas a los abogados se leyó, vio y escuchó lo mismo: “sí, somos de la Corporación de Abogados Católicos pero no tenemos nada que ver con la iglesia” o “no tiene nada que ver que seamos docentes de la UCA, esto no es una cuestión religiosa”. Me parece que hubiera sido más serio si lo hubieran blanqueado.
Sé que no tiene nada que ver, pero tenía esta
foto dando vueltas hace tiempo y en algún lugar la tenía que poner
Ahora bien, aparte de abogados chicaneros hay toda otra cantidad de opiniones en contra del casamiento. Una cantidad de opiniones que me siento tentado a asociar con esa masa uniforme de discursos a la que se suele apelar con el título de “LA GENTE”. Sip, esa misma “GENTE” a la que tanto se recurre en los debates de inseguridad. Pero a mi me han enseñado a no recurrir a categorías poco científicas, así la descarto para mejor referirme a “AQUELLOS REACCIONARIOS QUE BOMBARDEARON CON COMENTARIOS A LOS DIARIOS Y CON LLAMADOS A LAS RADIOS AM”. Quizás no sea una categoría tan científica pero al fin y al cabo gran parte de la iniciativa de este sitio residió en las ganas de distanciarme un poco de la sobriedad académica.
Con fervorosa emoción, “AQUELLOS…” se dedicaron a dar cantidad de motivos de porqué los putos no pueden casarse porque “va en contra de la naturaleza”, o porque “el matrimonio está hecho para procrear y preservar la especie” o porque “es lo que determina la ley”. Las fundamentaciones son infinitas, los invito a pasar por los comments de cualquier diario online para ver opiniones mucho más pintorescas, pero me interesa debatir sobre las líneas de pensamiento más comunes.
1) La apelación a la naturaleza: el casamiento entre personas del mismo sexo no es natural. ¿Qué es lo natural? ¿La reproducción entre el género femenino y el masculino? ¿Lo ligado a lo animal? ¿El mamífero que tenemos en todos nosotros? Puede ser, entonces casarse entre hombres y mujeres tampoco es natural. El matrimonio es una institución pura, lisa y llanamente social y no tiene nada de natural aunque sea entre personas de distinto sexo. ¿Acaso comprometerse para pasar el resto de tu vida con una persona es algo natural? Levi Strauss (no el de los pantalones, el otro) demostró que hasta la prohibición del incesto es una cuestión que de natural no tiene nada.
La apelación a la naturaleza suele ser un recurso común para el conservadurismo, se recurre a lo natural cada vez que el piso parece moverse. Se estira el significado de la palabra “naturaleza” tácticamente. Lo “natural” es lo bueno y lo conocido, pero el cambio también puede ser “natural” si se quiere. Es un arma muy adaptable: connota salud, equilibrio, belleza, evolución… pero solo el tipo de evolución deseada. Yo puedo decir que el matrimonio gay es una evolución natural en la sociedad, la diferencia es que yo no me lo creo. Porque lo “natural” es una construcción: es la eliminación de la historia, es olvidar que las cosas tienen causas y consecuencias y no son solo producto del paso del tiempo, lo natural prácticamente no existe. Puede ser que dormir sea natural, o comer. Pero no lo que comemos y cómo dormimos, mucho menos la noción de que el estado o la iglesia regulen la vida de las personas.
2) La escandalización por las consecuencias: “a dónde vamos a ir a parar…”. El debate por el matrimonio viene de la mano de otro mucho más importante: el debate por la crianza de hijos en parejas del mismo sexo. Todavía, y pese a las tantas pruebas que hay de lo contrarió, se piensa que la “familia tipo” es la del padre, la madre y dos hijos. ¿Que pasaría si los gays y las lesbianas ahora empiezan a casarse? ¿Qué va a pasar con la familia como institución? La familia no va a cambiar, porque ya cambió. Ganen o no la batalla por el matrimonio, los homosexuales no van a dejar de formar familias y es ridículo escandalizarse por eso. Tan ridículo como era escandalizarse por el divorcio en la década del 80. Estamos viviendo los últimos resabios molestos del modelo paternalista, y nos tenemos que decidir a dejarlo completamente de lado. Volvemos a lo anterior: si “no es natural que dos hombres tengan un hijo” ¿es natural que una madre soltera si lo tenga? ¿Habría que quitarle a su hijo y dárselo en adopción a una pareja? Las preocupaciones por la falta de una figura, materna o paterna, en la vida de un niño son derivadas de lecturas baratas del psicoanálisis. No voy a recaer en decir que “los homosexuales tratarían mejor a sus hijos” porque me parece un argumento con mucho de discriminación positiva, la cuestión acá es entender que el modelo de sociedad cambió mucho en los últimos 40 años y no podemos seguir pensando que las cosas eran mejores antes.

3) El argumento legalista: que es el que parte del discurso de los abogados recientemente mencionados. La idea de esta justificación es que como el Código Civil dice que el matrimonio es sólo entre hombres y mujeres, por lo tanto no es legal que dos hombres o dos mujeres se casen. Acepto que de todas es la más coherente, aún así esta devota defensa de las leyes parece obviar que la Constitución Nacional plantea que todos los argentinos somos iguales ante la ley. Y aquí está el tema de fondo, todo este debate se reduce a eso: tenemos o no tenemos todos los mismos derechos. En la Alemania pos-Versalles surgió un debate similar y ganó la negativa, las consecuencias las conocemos todos. Y no digo que se llegue a semejante extremo, pero hay un paralelo que me resulta inevitable de ver. Nos creemos una sociedad progresista y todavía no nos decidimos quién encaja con la categoría de ciudadano.
Un comentario en un diario online resaltaba “Me parece excelente que este tema este en boca de todos”. A mí la verdad que no. Me parece triste que terminando la primera década del siglo XXI no hayamos resuelto una cuestión básica. Argentina atrasa.












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