Ac/Dc en River: crónicas y reflexiones
Hecho histórico para todo aquel que peque en los vicios de la música eléctrica, la visita de AC/DC a la Argentina dejó dos shows impresionantes, y promete dejar un tercero. Para ilustrar lo que se vivió en estas jornadas tenemos el placer de invitar a GrupoMuu a un querido colaborador.
“Mejor que decir, es hacer”
por Alan Levy
prensasteps@gmail.com
ACDC es una banda atípica por muchos motivos. Nunca metieron un teclado, ni hicieron una balada, ni pasaron guitarras al revés, ni zaparon junto a Shakira en un Live Aid, ni metieron unos samplers porque quedan bien, ni editaron discos “intimistas”, ni fusionaron su música con folklores del “tercer mundo” ni cantaron en español. Ellos ofrecen modestamente otra propuesta: altísimas dósis del rock and roll más eléctrico, sucio y lascivo proveniente de las entrañas del vil y perverso infierno. No hacen declaraciones pomposas antes de los shows, son tipos altamente pragmáticos. Esto es un intento de crónica de su segundo show en la Argentina, trece años después del primero.
Ya estoy en aprietos: ¿Cómo comenzar una crónica de un show de las características de ACDC?
A la década y tercio de impaciencia se le sumó la ansiedad generalizada por las tristísimas actuaciones de los teloneros (ver nota abajo) que fueron repudiados y agredidos por un público cada vez más intolerante. De todas formas, nada opacaría el reencuentro. El escenario se llena de técnicos y comienza el show personal del plomo más copado del mundo que arenga a la monada y le dibuja una sonrisa por primera vez en la tarde. A continuación se reparten cornamentas diabólicas de cotillón que se encienden y le otorgan colorido a las cabelleras de las hard rockers que no quisieron perderse el pacto con el Demonio. La tarde caía apaciblemente, la luna llena aparecía como preanunciando los estrepitosos aullidos de sangre que vendrían. Cero grados: ni frío ni calor, y una expectativa indescriptible. Se bajan las luces. Tiembla todo.
En la pantalla aparece una animación que sintetiza a la perfección todos los elementos de la cosmogonía de los australianos más alterados del universo. Debo decir que la estética del cortometraje animado se asemeja bastante a la línea de Kevin Altieri, responsable de Spawn y, especialmente, del video Do The Evolution, de Pearl Jam (uno de los mejores de la Historia, sin duda alguna) ¡Un momento! ¡Estoy intelectualizando todo! No da, esto es AC/DC, no pasa por aquí la cosa… Tras la animación aparece un rock & roll train gigantesco, negro e imponente. De la locomotora sale humo.
En mis largos años de conciertos en vivo, no recuerdo haber visto muchas veces a una banda que ya en su primer tema se mande de lleno por la pasarela principal como diciendo “aquí estamos”. Si había un mensaje implícito y con olor a azufre, éste no se obtenía en la reproducción inversa de un vinilo sino que aparecía fuertemente en la conciencia colectiva: “estos tipos SON el rock and roll”. De hecho, AC/DC es una de esas bandas que marcan el extremo del estereotipo rockero de una forma pluscuamperfecta: un paso más y se cae en la parodia ridícula. El infierno no es un lugar malo para estar y el tema homónimo corroboraba esta idea. Brian saludaba en español limitado y gallego. Y cuando todavía nos frotábamos los ojos: Back In Black. Demasiado bueno para ser real…
Demás está decir que por lo general, las bandas históricas y extranjeras que vienen a nuestro país suelen venir a chorear. No quiero extenderme demasiado pero los discos que vienen a presentar distan mucho de lo mejor de sus carreras. AC/DC nuevamente es la excepción porque venían a presentar Black Ice, discazo parejo por donde se lo mire. Tocaron cuatro temas, bastante representativos. Brian Jhonson hacía de las suyas entonces mostrando las dos caras de la misma moneda: el legado de las canciones de Bon Scott (“Shot down in flames” y “Dirty Deeds Done Dirt Cheap”, como claros ejemplos” y su propio legado, super reivindicado en el trueno punzante de “Thunderstruck” plagado de los notables gruñidos de Malcolm Young. Para sorpresa de este redactor, este tema fue uno de los más pogueados de la noche. Hacia la mitad del show llegaba “The Jack”, el eterno blues de antro derrotero con unos Cliff Williams y Phil Rudd llenos de swing y un Angus que se desnudaba como una fiera frente a la masa dejando para el final sus boxers con el logo de la banda. Destilaba sexo.
A continuación, previa toma de carrera, el cantante se cuelga de un enorme campanario que indica que es hora de arder eternamente. Piel de gallina en el gallinero con el paralizante riff de “Hell´s Bells”. El set de Back In Black no terminaba aún porque venía “Shoot To Thrill” y más de uno se acordó de la familia de Pergolini. Después, las duras notas del bajo marcaban el inicio de “War Machine”. Aparecía una máquina de guerra colosal que tiraba bombas.
“You Shook Me All Night Long” aparecía como una arenga feliz y altamente coreable. Angus Young, sin demagogia alguna, ya se había autocoronado como rey supremo del rock and roll pero algo nos decía que tenía un as en la manga. Hacía el paso del ganso en claro homenaje al hombre que hizo todo posible: Chuck Berry. Golpeaba a la Gibson SG como si no hubiese mañana, lucía un destartalado uniforme colegial y transpiraba cataratas de sudor -la Garganta del Diablo, claro está- mostrándonos como nadie que todavía hay gente que deja absolutamente todo arriba de un escenario. La entrega era total. Pero las cosas no quedarían así nomás.

Después de la explosiva “T.N.T” y la lujuria de “Whole Lotta Rosie” -con muñeca inflable gigante incluida- llegaba lo mejor de la noche sin dudas: “Let There Be Rock”, que se extendió por varios minutos con un Angus Young como metáfora del Cancerbero de tres cabezas: la suya propia y los cuernos de la SG. El solo fue épico, extensísimo y poco demagógico. El más joven de los Young hacía las veces de un Koinoor (poderoso y chiquitín) cargándose al hombro un estadio completo, se ubica en una elevada tarima ubicada en el medio del campo y todo lo demás es historia, no hace falta más nada: es una celebración de rock como pocas veces se ha visto. La banda dejaba el escenario por un momento, era el ocaso del ritual satánico. “Highway To Hell” apareció como un himno transgeneracional y trangénico: activó cada gen de cada organismo vivo como una tormenta de lava subterránea. De la pantalla emergían llamas. El final fue de “For Those About To Rock” que incluyó salva de veintiún cañonazos para despedirse de las sesenta mil almas confiscadas.

En resumen: tembló todo, salía humo, destiló sexo, emergieron llamas, apareció una máquina de guerra infernal, fue demasiado bueno para ser real, fue AC/DC. Fue rock and roll.
El eterno problema de los teloneros
por Alan Levy
Comencemos por el principio. Desde hace ya varios años, el público argentino -y me atrevería a afirmar que es una tendencia globalizada- viene siendo estafado cada vez que asiste a espectáculos de estas características. Por no mencionar todas las restantes, mencionaré la estafa de los teloneros qué es una de las más perceptibles. Muy pocas veces se han visto bandas que tengan cierta afinidad con el género de la banda principal. Si esto fuese un festival, no habría tanto problema, pero dado que no lo es, suele aparecer como una mancha que, a veces, opaca la jornada. Las bandas argentinas que ponen suelen ser menos afines aún, tal fue el caso de Cuentos Borgeanos con The Police, por mencionar solo un caso. En AC/DC, las cosas fueron más ridículas y dramáticas. Poner a la banda de Michel Peyronel a la cual no la conoce ni el loro (honestamente: ¿alguien la conocía?) no significa ni por asomo acercarse a un RIFF o alguna banda soporte digna de la aplanadora australiana. Pero si eso ya era malo, la introducción de Las Pelotas en el escenario parecía una broma de mal gusto. Sin embargo, además de repudiar a los responsables de la programación por tal desatino, debemos llamar la atención de un público de hard rock y metal cada vez más intolerante que bastardeó y agredió a botellazos a la banda con residencia cordobesa. Botellas de plástico llenas de orina que eran arrojadas a los músicos que pecaban simplemente de “no ser del agrado de la mayoría”, pese a los intentos del cantante de calmar los ánimos, la bronca no se calmó sino hasta el fin del set pelotero con una interesante versión de “El ojo Blindado”, uno de los himnos punk de Sumo. Una actitud fascista y altamente repudiable que encuentra antecedentes claros en la vez que, enojado por el maltrato a sus teloneros, Kurt Cobain decidió tocar de espaldas a Vélez y no tocó el himno Smells Like Teen Spirit ¿Qué hubiera sucedido si nos hubiésemos quedado sin “Higway To Hell”? Nada. Peor hubiera sido que la bajista o el tecladista de Las Pelotas -en última instancia, dos trabajadores de la cultura- hayan perdido un ojo gracias a la ira de algún malnacido.
Un recital en serio, carajo
por Franca
No hay palabras, no hay imágenes, no hay videos que puedan llegar a ilustrar mínimamente lo que pasó ayer y va a pasar mañana en la cancha de River. El espectáculo sobrepasa cualquier cosa imaginada, y es en cierto modo intransmisible.
Pero de todas formas me encuentro en el lugar de tener que escribir algo al respecto, y no por una cuestión de responsabilidad periodística, sino más bien para tratar de ver si puedo ordenar un poco todos los sentimientos, todas las ideas, toda la electricidad que me quedó en el cuerpo después de haber vivido un recital de AC/DC
La experiencia fue algo mucho más fuerte de lo que me hubiera imaginado, fue demasiado irreal. Cinco viejos arriba de un escenario espectacular dieron cátedra. Vinieron y dijeron: “las cosas se hacen así” y eso es demasiado importante, sobre todo en una época donde uno ya duda que “las cosas” se puedan hacer del todo. Fue mesiánico, divino, los australianos dijeron “que haya rock”, y hubo rock.
Hubo show también, un show de otra época hasta en el más mínimo detalle: desde el hecho que las entradas tuvieran el logo de la banda y no su nombre escrito con Arial en mayúscula hasta una Rosie inflable de unos 10 metros cabeceando desde el fondo del escenario, desde los cuernitos intermitentes que repartían desde el escenario hasta la enorme locomotora del “Rock And Roll Train”, y los cañones, y la enorme campana de “Hells Bells”, y las chicas del campo mostrando sus pechos y apareciendo por la pantalla principal. Un recital en serio, carajo. Un recital en serio en los días posmodernos en los que los campos se iluminan con la luz de las pantallitas de los celulares. Un recital que te lleva a las mejores épocas que vivió el rock.
Pero aún así, todo ese contexto en realidad careció de importancia. Angus Young se puede poner a tocar la SG con el escenario completamente despojado y el resultado va a ser el mismo, la música va más allá de los fuegos artificiales, incluso va más allá del sonido en sí. Se sintió en la piel. Podías cerrar los ojos y taparte los oídos y había algo que igual iba a hacerte saltar, estaba la sensación de estar viviendo algo demasiado bueno, la sensación de saber que tanto la gente que desde hace mucho tiempo viene puteando al rumor de “este año vienen” y la gente que llegó conociendo solo la melodía de “Highway to Hell” estaban gritando al mismo tiempo, la sensación de 60 mil personas mirándose a la cara y diciendo “no lo puedo creer”.
En River no hubo música, hubo rock, y eso es algo mucho más mágico. Fue una cosa dura, directa, básica, sin demagogia. Fue una cosa barrial e internacional. Un acto colectivo donde el público y la banda dejaron el cuerpo en “Shoot to Thrill” y la voz en “The Jack”. Fue el momento de entender que el mito de escuchar en vivo “Higway To Hell” no tiene nada de trillado ni de ingenuo, y que si ese tema, por más quemado que esté, se convirtió en un himno, por algo fue.
En River se vivió la paradoja de encontrar algo casi religioso en las más mundanas y seculares canciones. Puños en alto gritando “oy oy oy” al ritmo de “T.N.T” mostraban ese maravilloso cruce entre lo sectario y lo masivo que provocan este tipo de bandas.
En River estuvo AC/DC y ruego a todo aquel que no pudo ir miércoles o viernes que se haga presente el domingo (todavía hay entradas remanentes por Ticketeck). Porque la experiencia es demasiado increíble como para dejarla pasar.


la que mostro los pechos fui yo. quiero resaltar la falta de respeto de todos los hombres que me rodearon. nunca vieron un par de tetas muchachos? no hacia falta tanto manoseo.
igual valio la pena. aguante acdc!
q pelotudo el primer cronista…no te sale escribir…
anita… si valio la pena no te quejes y comparti con el resto
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