Tuvimos una discusión muy seria en la redacción sobre cubrir o no cubrir el recital de Metallica en River la semana pasada. Yo, como defensor de la libertad de prensa y todas las cosas metaleras, era partidario de la idea de hacernos presentes en el evento y hacer una reseña sumamente objetiva, El Pedro en cambio, luego de publicar hace unas semanas un artículo donde llamaba a la gente a tirarles un piedrazo gritando “GrupoMuu te la puso” tenía otra perspectiva sobre el asunto. Estuvimos un par de horas discutiendo (en realidad estuvimos un par de horas tomando vodka, motivo que provoco la respectiva discusión) pero no pudimos llegar a un arreglo.
La cuestión es que el espíritu veraniego de mi colega lo hizo escaparse a Mar Del Plata (vacaciones que pese a la presión del sindicato, NO VOY A PAGAR), situación que me dejó en completa libertada para “hacer lo que se me cantan las bolas”
Sabiendo que no soy un gran seguidor del grupo decidí invitar a otro profesional a que se hiciera cargo, un periodista cuya pluma puede analizarse como una verdadera hereda de Hunter Thompson, un periodista que pese a todo lo que quieran decir la Federal, la SIDE y la DEA, NO ESÁ USANDO A ESTA REDACCIÓN COMO FUMADERO DE OPIO. Damas y caballeros, los dejo con el Sr. Guillermo Cosarinsky
“Nada de aluminio: Metallica en River Plate”
Por G. G. Cosarinsky

Nunca hubiera pensado. Mejor dicho, nunca lo pensé. Porque quizá lo hubiera pensado, eso nunca se sabe. Aunque quizá se habría sabido, o supido, no se. Lo que nunca pensé, es que un recital de Metallica empezaría (es más, empezó) con música de Ennio Morricone. Aunque, para ser justos con la industria metalúrgica, carezco de los elementos de juicio necesarios (pero no suficientes), como para haber o no pensado en esa posibilidad. Porque, triste pero verdadero (o ninguna de las dos cosas), podría decirse que soy menos que un oyente casual de Metallica. Pero los caminos del señor son retorcidos, peludos, y llenos de baches, razón por la cual es mejor transportarse al estadio de River Plate cabalgando sobre un relámpago. Y aunque no fue así como llegué a tal lugar, resultó ser que a eso de las seis de la tarde del 21 de enero de 2010, allí me encontré, sentado en una posición privilegiada de la platea alta belgrano del estadio en cuestión. Privilegiada según el muchacho que nos la ofreció, a cambio de una colaboración, en reemplazo de lo que supuestamente indicaban nuestras entradas.
Y así quedé apostado en uno de esos asientos sin respaldo que hacen a las delicias de mis espaldas, más o menos alineado con la mitad de cancha, esperando ver un escenario circular en el centro de la misma, como me había prometido ese día por la mañana un renombrado periódico local. Y esperé nomás, porque el escenario estaba donde casi siempre: en uno de los arcos, esperando para atajar el penal que León Gieco no se decidía a patear porque estaba muy apenado pensando en las víctimas de Haití, y en cuando iba a llamar a Bono para organizar una campaña para ayudarlas a ellas, y a todos los pobres, enfermos, y malaventurados de este mundo. Antes de eso se habían jugado un picadito los muchachos de Horcas, expertos en ortografía y biología marina.
Un sujeto que hablaba por celular en mis inmediaciones, y decía algo sobre el depósito del inodoro, también dijo algo que me hizo percatar de la gran suerte que nos había tocado: la platea de enfrente estaba siendo bombardeada por las radiaciones ponzoñosas de ese cuerpo celeste más bien amarillento que suele pasearse por nuestros cielos, mientras que mi platea (soy el dueño), estaba sumergida en las sombras, allí donde se puede escuchar a la llamada de Cthulhu (si la hubiesen tocado, lo cual no hicieron).
Otro sujeto entre las vecindades le hizo a sus compinches un comentario muy acertado: “que pijoteros que estuvieron con las pantallas”. En efecto, a los costados del escenario había dos pantallas bastante pequeñas para la magnitud del espectáculo. Había una más grande adentro, detrás de los músicos, pero de la cual yo sólo podía ver un pedacito infame. Pero bueno, se ve que lo que no gastaron en pantallas lo gastaron en unos cosos que escupían unas llamaradas de puta madre, cuya emanación de calórico se sentía desde mi ubicación, distante, estimo, más de 50 metros del objeto escupidor.
Y a todo esto el lector se estará preguntando (a menos a que haya estado ahí), cómo carajo es eso de que el recital empezó con música de Ennio Morricone. Le respondo: estando la muchedumbre a la expectativa de que los músico salgan a escena, se apagaron todas las luces, y a continuación se encendieron las pantallas mostrando un fragmento de alguna película de Sergio Leone, con música de Morricone. Era justo una parte que tenía una melodía vagamente conocida (no el clásico, uiuiuuuu tuuu tuuu tiiii, pero algo del estilo), que una gran parte de las supuestamente 60000 personas presentes canturreó usando únicamente vocales, sobre todo la “o”. Esta misma clase de canto, que debido a su carencia de consonantes no creo adecuado llamar “tarareo”, practicaron los muchachos metaleros durante muchos de los temas, especialmente los más populares, como ese cuyo estribillo dice “eeexeeen laaai, trooo maaan frooole”. Al comienzo del antedicho tema (Enter Sandman), y de algún otro, alguna maquinaria escupió al cielo unas bonitas y coloridas pirotecnias. Después (o antes), James Hetfield dijo algo de que nos había dejado el corazón roto y ahora venía a curarnoslón (así lo dijo, con la “n” al final, pero en el idioma de los menonitas que fríen batatas con gasoil por las tardes de los meses que no figuran en el calendario en uso por estos pagos).
Era curioso como, a pesar de la envergadura técnica del espectáculo, se podían ver los hilos con que el maestro movía a los músicos. Pero más curioso todavía, y no sólo curioso, sino el punto cúlmine del show, fue cuando entre los rugidos de las guitarras comenzó a filtrarse un rugido diferente, más gutural, más orgánico, más japonés. Y ese rugido fue creciendo lentamente, mientras a los frenéticos golpeteos de la batería de Ulrich se sumaba una percusión de un ritmo mucho más lento, pero mucho más poderosa. Esa percusión, señores y señoras, era el sonido de sus pasos. Esos rugidos, damas y caballeros, eran el canto de Godzilla. Y aquí termina esta reseña, porque, como todos sabemos, además de Godzilla, nada más importa.
httpv://www.youtube.com/watch?v=zQQcGc5c1Tk











Casi como haber estado ahi.
la incorporación de G C al staff de redactores de GM es una bocanada de aire acondicionado (puesto a 16grados). Por fin una covertura sin el tono cancherito-nerdrecuperado-mirenquesensiblesoy-soypoliticamentecontreraperonotanto-postmtv-megustariaescribirenelsi!-quierosercomopabloschanton. Gracias GC!!!!! imaginamos que el Ben Fong torres censuro expresiones dadaistas, lo repudiamos ferozmente.